A días de sus shows en Buenos Aires, el furor por BTS multiplica el interés por el coreano y permite redescubrir la historia del hangul.

La cuenta regresiva ya comenzó. BTS se presentará el 21, 23 y 24 de octubre en el Estadio Único de La Plata como parte de su gira mundial ARIRANG. Sin embargo, el fenómeno que acompaña la llegada del grupo surcoreano a la Argentina excede ampliamente la venta de entradas, las canciones y el espectáculo.
Para muchas ARMYs —nombre con el que se identifica el fandom de BTS—, seguir al grupo también significa ingresar en un universo cultural diferente. La música funciona como puerta de entrada hacia la gastronomía, las series, las costumbres y, especialmente, el idioma coreano.
El interés no es solamente una percepción surgida de las redes sociales. De acuerdo con el Reporte de Idiomas 2025 de Duolingo, el coreano se convirtió en el sexto idioma más estudiado dentro de la plataforma, después de superar al italiano. También fue la segunda lengua con mayor crecimiento en la Argentina y otros seis países.
BTS y el deseo de comprender las canciones
Durante décadas, buena parte de la música popular atravesó fronteras sin que el público comprendiera necesariamente las letras. Con el K-pop sucede algo distinto: las comunidades digitales traducen canciones, explican expresiones, analizan entrevistas y comparten materiales para aprender el idioma.
En el caso de BTS, hasta el nombre conduce directamente al coreano. Las iniciales provienen de Bangtan Sonyeondan —방탄소년단—, una expresión que suele traducirse como “chicos a prueba de balas” o “boy scouts a prueba de balas”.
Aprender algunas palabras permite cantar sin depender de una transcripción fonética, comprender mensajes de los integrantes y acercarse a significados que pueden perderse en una traducción. Así, lo que comienza como curiosidad puede transformarse en un estudio sostenido.
El crecimiento del coreano también está impulsado por los K-dramas, la gastronomía, el cine, la cosmética y otros productos de la llamada ola coreana. Pero el alcance mundial de BTS le otorgó al idioma una vidriera difícil de comparar con la de otros fenómenos culturales contemporáneos.
Hangul: el alfabeto que nació para facilitar la lectura
La escritura coreana tiene una historia singular. Durante siglos, en Corea se utilizaron caracteres chinos, conocidos como hanja. Su complejidad hacía que leer y escribir quedara principalmente al alcance de los hombres pertenecientes a las clases educadas.
Para ampliar el acceso al conocimiento, el rey Sejong impulsó en 1443 la creación de un nuevo sistema de escritura. El alfabeto, presentado oficialmente en 1446, fue diseñado para representar los sonidos del coreano y facilitar su aprendizaje entre la población.
El sistema fue llamado inicialmente Hunminjeongeum, que puede traducirse como “sonidos correctos para instruir al pueblo”. Con el tiempo se lo conoció como hangul.
Aunque no fue creado por mujeres, ellas estuvieron entre quienes más lo utilizaron para escribir cartas, diarios y textos cotidianos. También se difundió entre campesinos y sectores populares. Precisamente por esa apropiación, algunas élites lo despreciaron y llegaron a llamarlo “escritura de mujeres”, una denominación que intentaba restarle prestigio.
La paradoja es poderosa: aquel alfabeto considerado durante años demasiado sencillo es hoy uno de los grandes símbolos de la identidad cultural de Corea y una herramienta que millones de personas quieren aprender.
De las canciones a una comunidad global
Las ARMYs no funcionan únicamente como consumidoras de música. Se organizan para traducir contenidos, promover campañas solidarias, sostener proyectos sociales y acompañar cada lanzamiento. Esa capacidad de movilización convirtió al fandom en una red internacional con códigos y referencias propias.
La llegada de BTS a la Argentina vuelve visible esa dimensión del fenómeno. Para parte del público, prepararse para los conciertos también implica practicar pronunciaciones, reconocer frases y comprender mejor las canciones.
El hangul, creado hace casi seis siglos para acercar la escritura a quienes estaban excluidos, encuentra así una inesperada vía de expansión. Esta vez no llega a través de documentos oficiales ni de las aulas tradicionales: viaja en canciones, videos y comunidades digitales capaces de convertir el fanatismo en curiosidad cultural.
